De no conservarse
en lugares adecuados, el queso, una vez curado, tiene el peligro de variar sus
características y dejar de pertenecer a la denominación que le corresponde. El método
más habitual es someterlo a bjas temperaturas y humedades altas para evitar que los
gérmenes que intervienen en el periodo de maduración sigan actuando. En Castilla, los
pastores tropezaron desde siempre con el problema del calor, que seca el queso muy
rápidamente. Por ello lo sumergían en aceite de oliva, dentro de recipientes de barro
vidriado, ollas de porcelana y tarros de cristal.
Es preferible no comprar mucho queso de una vez, y guardarlo separado de los
demás alimentos para que no se impregne de olores extraños. La temperatura ideal para la
conservación oscila entre los 11 y los 13 grados centígrados, teniendo que ser uniforme
a lo largo del año. Para paliar los efectos del calor conviene situarlo en la parte menos
fría del frigorífico, aunque conviene sacarlo unas horas antes de servirlo, procurando
no exponerlo a cambios bruscos de temperatura.