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Con nombre propio
Cordero
asado |
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Seguro que ya lo saben, pero yo se lo recuerdo: que este tiempo primaveral, en el que andamos ya aunque tantas veces no lo parezca, es el ideal para el disfrute, en plena sazón, de los asados de cordero.
Por Manolo Méndez @ (*) |
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La
tradición de aprecio al cordero tiene un vínculo ancestral en todas las
civilizaciones ribereñas del Mediterráneo, siendo así que se constituye
en una de las pocas carnes en las que se reconocen, sin más diferencia
que la circunstancia que imponen al sacrificio del animal, las tres
grandes religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islamismo. En
las dos primeras, incluso ese tiempo del arranque primaveral clásico, en
torno a la Semana Santa, se ha venido a asimilar a un nombre, que define
a un tipo de animal: el cordero pascual, que no es otro, como bien se
sabe, que ese aún joven, de menos de un año, que ha probado el pasto
fresco de primavera, aunque no más allá de dos o tres meses. Sus carnes
son algo más rojas y su sabor resulta también algo más pronunciado que
los llamados lechales, nuestras “joyas de la corona”, que, esos no, no
han probado pasto, sólo mamado de sus madres y han sido sacrificados
cuando no suman más de 30 o 40 días de existencia.
Resulta curioso saber que el gusto especial y la preferencia que los
españoles tenemos por el cordero lechal, con esa carne característica de
infinita ternura, entre rosácea y nacarada antes de entrar al horno, es
propio de una costumbre y preferencia relativamente reciente, y se
contrapone bastante con los gustos que por el cordero sienten en otras
latitudes europeas más norteñas. Cabría decir, incluso, que es el
nuestro –nuestro gusto- el que ha evolucionado, porque el de ellos,
franceses, ingleses, alemanes e italianos, se mantiene en los cánones
que también aquí rigieron hasta, pongamos que, el primer tercio del
pasado siglo. De ahí para atrás, todos los siglos que quieran sumarse,
la preferencia culinaria apuntaba entre nosotros también, como aún sigue
ocurriendo en Francia y en Inglaterra hoy en día, a los corderos de
mucha más hechura, entrados no en meses sino en años. No obstante, yo
tengo para mí que ésa es una grave deficiencia de ellos, y que algún día
evolucionarán “a la ternura”, igual que nosotros. De hecho, cuantos de
esos extranjeros, que no son pocos, han tenido ocasión de catar nuestros
lechazos en Burgos, en Aranda, en Segovia, en Sepúlveda, en Salas de los
Infantes, o en tantos otros sitios más de bien ganada fama corderil, y
no sólo de la Vieja Castilla, no volverán –seguro- con entusiasmo a sus
carnes más rojizas y con marcado sabor al pasto que las ha alimentado,
así sea ese pasto juncal de marisma, como el que alimenta a los míticos
corderos que los franceses llaman “du pré salé” (“de prado salado”), en
las bajamares de Bretaña y Normandía.
Y véase aquí que, aún cuando la culinaria francesa ha marcado el camino
del gusto durante al menos los últimos tres siglos, en esto yerran de
punta a cabo, así más les pese. Como también lo hacen en el modo que
ellos tienen por mejor a la hora de afrontar el asado, al menos en lo
que al cordero se refiere. Según su canon y estilo –y los británicos
también van con ellos- la carne asada del cordero debe quedar un tanto
sangrante. Muy al contrario, bien se ve, de lo que nosotros apreciamos,
que es el asado profundo, hasta el hueso, que sólo se logra con el
concurso de los antiguos hornos artesanales de bóveda, en los que se
empieza por alcanzar la máxima temperatura posible con buena leña, para
luego ir perdiendo progresiva y lentamente ese calor en el proceso. Tal
es la clave del buen asado castellano, que, si se quiere emular en el
horno eléctrico doméstico -lo cual no es imposible-, impone, en la
traducción del de leña, un primer golpe con el horno al máximo, para que
se churrusque así la piel por uno y otro lado y se fijen de algún modo
los jugos; luego, sí, se completa el asado el tiempo que falte con una
temperatura más moderada.
Y en cuanto al aderezo: el mínimo. Tan mínimo, que yo no concedo más que
agua y sal. De agua, como un dedo, en una fuente a poder ser de barro. Y
sal, bastante, que ahí está buena parte del truco. Si quieren, aunque en
cantidad homeopática, un toque brevísimo de manteca de cerdo en una
esquina de la fuente, y un frotado previo de la pieza con un también
cortísimo majado de ajo…no más que el que el que se pegue a la piel tras
una suave caricia. Buen provecho.
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(*) Artículo publicado en
el Correo Gallego
Manolo Méndez es periodista y escritor. Actualmente además
de colaborador de este rotativo, publica sus reflexiones sobre el mundo de
la gastronomía en La Voz de Ortigueira y el Heraldo. Es también autor de
la novela "Destellos de Hollín".
Destellos de Hollín
La obra podría ser catalogada, sintetizando mucho, como una novela de
enredo picaresco, bien trufada de humor y de costumbrismo, no exenta de
intriga, y hasta con una moraleja final, que es la sorpresa de su
desenlace. La trama en cuestión se hilvana en torno a la peripecia de
tres pícaros carcelarios, y un cuarto, no menos pícaro, el guardia civil
obsesionado con descubrir, para su propio provecho, lo que dos de ellos
traman cuando salen del penal, que no es otra cosa que localizar el
paradero de un famoso botín de joyas que nunca aparecieron. Las
respectivas "historias" de estos cuatro protagonistas nos irán
desvelando su especial personalidad, motivaciones y carácter.
En el hilo conductor de la trama se descubren las peculiaridades
insólitas del pueblo donde al fin recalan todos, con el afán de
localizar en él, en su laberinto imposible, la presunta ubicación del
tesoro, que ha estado durante años guardado, escondido para ellos, en el
interior de la chimenea de una casa. Pero lo grave es que, en ese pueblo
tan singular, todas las casas son iguales, y todas tienen chimenea, lo
cual explica la razón del título elegido para el relato, "Destellos de
Hollín".
Manolo Méndez @ >>> |
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