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En Portugal, los
del turístico Nazaré o los de
la ciudad de Ovar, en la ría
de Aveiro son los más sonados.
Pero, tanto la península como sus islas se hallan cuajadas de cientos de
celebraciones que anuncian unas, y cierran otras, el ciclo carnavalesco y
que son preámbulo de la Cuaresma.
Así, en la pacense Almendralejo,
en plena Tierra de Barros, el
uno de febrero se festejan Las
Candelas. Y es que la fiesta, como su nombre indica, tiene como
protagonista a grandes fogatas, que simbolizan la purificación. Trastos
viejos y maderas se amontonan durante días en las plazas de diferentes
barrios, que se decoran con figuras de personajes o hechos característicos
del año. Por supuesto que en la quema no falta el buen vino de esta
tierra y los productos recientes de la matanza. Algo más al norte, pero
también en tierra extremeña, la figura del Peropalo, en Villanueva de la
Vera, congrega a vecinos y forasteros en torno a personaje tan
singular. Los que no dejan de brindar con buen vino y con chorizo, tocino,
torreznos o picadillo son los vecinos de El
Burgo de Osma, en Soria
donde, desde enero y hasta marzo, organizan todos los fines de semana las
denominadas Jornadas de la Matanza.
Menos gastronómica, pero si mucho más diabólica es La Endiablada de Almonacid del Marquesado. Cencerros y decenas de
vecinos portando traje de diablo danzan por las calles del pueblo
conquense. Las mujeres y, no los diablos, son las protagonistas en la
segoviana Zamarramala. Por un día
se convierten en las dueñas y señoras del pueblo. Merece la pena
observar sus trajes que provienen del siglo XVI. Tampoco son nada
despreciables las vestimentas de los Moros
y Cristianos de Bocairent,
en Castellón.
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