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El
nivel de las aguas marcaba el trabajo de la almadía,
empezando los primeros días de diciembre y terminando
el 30 de mayo en Salazar y el 29 de junio, día de San
Pedro, en Roncal. La temporada era más amplia en este
último gracias a la regulación ejercida por el río
Minchate y los embalses de Uztárroz y de Zokandia. En
las orillas, se disponían señales para conocer el
nivel del agua, aunque no era raro que, en algunos
momentos, la escasez obligara a los almadieros a
meterse en el agua para mover las balsas con trancas.
Por
todo ello, la almadía precisaba hombres de gran
fortaleza física, capaces de desencallar la balsa a
fuerza de músculos, amantes de la aventura y con
ganas de ver mundo. El riesgo era muy elevado, sobre
todo, en foces, rápidos, puentes y recodos, pues la
almadía puede ser dirigida, pero no frenada. Además,
si el almadiero caía al agua y quedaba bajo la balsa
no podía salir a flote.
Las
almadías se formaban en los ataderos de Laguayo, en
Uztárroz, y junto al puente de Oncibieta, en Isaba.
En Salazar, estaban los ataderos de Excároz, Oronz,
Sarriés, Güesa, Uscarrés, Aspurz y puente de Bigüezal.
Desde aquí, bajaban por el río Esca hasta la Venta
de Carrica donde se desviaban al río Aragón que les
llevaba al Ebro.
Entre
los puntos más difíciles del recorrido, destacaban
el Congosto, en la foz de Sigüés, para los
roncaleses, o las foces de Arbayún y Lumbier, para
los salacencos. También era complicado pasar la presa
de Santacara, en el Aragón, y El Bocal, en Tudela,
donde había que partir las almadías en dos tramos
para superar el salto. Para evitar que los tramos
hicieran el libro, se ataba una fuerte cuerda a la
parte delantera del primer tronco y, desde la orilla,
aguas abajo de la presa, se tiraba rápidamente del
extremo suelto de la cuerda. Luego, se unían varias
almadías y, en una de ellas, iban los hombres que
cubrían el suelo con tepes para hacer fuego con los
remos sobrantes.
Por
el Ebro, la madera podía venderse en cualquier pueblo
del itinerario, pero el destino más común era
Zaragoza y, en ocasiones, Tortosa y Caspe. El viaje
duraba seis o siete días, según el tiempo y los
vientos. Las noches se pasaban en fondas o posadas
fijas - Usún, Sigüés, Lumbier, Sangüesa, Cáseda,
Marcilla, Tudela - donde los almadieros se
reaprovisionaban.
En
1931, el río Esca transportaba anualmente mil almadías,
que suponían unos quince mil metros cúbicos de
madera. Durante la Primera Guerra Mundial el Canal
Imperial llevó, en un año, 1.800 almadías
procedentes de los valles de Roncal y Salazar, con
unos treinta mil metros cúbicos de madera.
Los
niños roncaleses imitaban a los almadieros
construyendo balsas con los tiernos tallos de una
planta llamada astoperéxit. Estas almadías de los más
pequeños se ajustaban a las especificaciones técnicas
y tradicionales de las balsas mayores.
Sobre
1950, la construcción del embalse de Yesa eliminó
esta tradición. La última almadía que bajó por el
río Salazar data de 1951 y un año después terminó
la actividad en el Esca.
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