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La aventura de la almadía
De Roncal
a Zaragoza

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José  Ayerra, almadiero >>>

Vocabulario del almadiero >>>
 


La belleza de este oficio no oculta, sin embargo, su dureza. Durante unos pocos meses, los hombres del valle del Roncal se lanzaban río abajo pensando en ganar un jornal de unas diez o quince pesetas diarias, trabajando a destajo. El salario se completaba con tres jornales más, en compensación por el regreso a pie desde el lugar de destino, con las sirgas al hombro.


Fotografías: D. Medina
© redacción revistaiberica

La almadía precisaba hombres de gran fortaleza física.El nivel de las aguas marcaba el trabajo de la almadía, empezando los primeros días de diciembre y terminando el 30 de mayo en Salazar y el 29 de junio, día de San Pedro, en Roncal. La temporada era más amplia en este último gracias a la regulación ejercida por el río Minchate y los embalses de Uztárroz y de Zokandia. En las orillas, se disponían señales para conocer el nivel del agua, aunque no era raro que, en algunos momentos, la escasez obligara a los almadieros a meterse en el agua para mover las balsas con trancas.

Por todo ello, la almadía precisaba hombres de gran fortaleza física, capaces de desencallar la balsa a fuerza de músculos, amantes de la aventura y con ganas de ver mundo. El riesgo era muy elevado, sobre todo, en foces, rápidos, puentes y recodos, pues la almadía puede ser dirigida, pero no frenada. Además, si el almadiero caía al agua y quedaba bajo la balsa no podía salir a flote.

Las almadías se formaban en los ataderos de Laguayo, en Uztárroz, y junto al puente de Oncibieta, en Isaba. En Salazar, estaban los ataderos de Excároz, Oronz, Sarriés, Güesa, Uscarrés, Aspurz y puente de Bigüezal. Desde aquí, bajaban por el río Esca hasta la Venta de Carrica donde se desviaban al río Aragón que les llevaba al Ebro.

Entre los puntos más difíciles del recorrido, destacaban el Congosto, en la foz de Sigüés, para los roncaleses, o las foces de Arbayún y Lumbier, para los salacencos. También era complicado pasar la presa de Santacara, en el Aragón, y El Bocal, en Tudela, donde había que partir las almadías en dos tramos para superar el salto. Para evitar que los tramos hicieran el libro, se ataba una fuerte cuerda a la parte delantera del primer tronco y, desde la orilla, aguas abajo de la presa, se tiraba rápidamente del extremo suelto de la cuerda. Luego, se unían varias almadías y, en una de ellas, iban los hombres que cubrían el suelo con tepes para hacer fuego con los remos sobrantes.

Por el Ebro, la madera podía venderse en cualquier pueblo del itinerario, pero el destino más común era Zaragoza y, en ocasiones, Tortosa y Caspe. El viaje duraba seis o siete días, según el tiempo y los vientos. Las noches se pasaban en fondas o posadas fijas - Usún, Sigüés, Lumbier, Sangüesa, Cáseda, Marcilla, Tudela - donde los almadieros se reaprovisionaban.

En 1931, el río Esca transportaba anualmente mil almadías, que suponían unos quince mil metros cúbicos de madera. Durante la Primera Guerra Mundial el Canal Imperial llevó, en un año, 1.800 almadías procedentes de los valles de Roncal y Salazar, con unos treinta mil metros cúbicos de madera.

Los niños roncaleses imitaban a los almadieros construyendo balsas con los tiernos tallos de una planta llamada astoperéxit. Estas almadías de los más pequeños se ajustaban a las especificaciones técnicas y tradicionales de las balsas mayores.

Sobre 1950, la construcción del embalse de Yesa eliminó esta tradición. La última almadía que bajó por el río Salazar data de 1951 y un año después terminó la actividad en el Esca.
 

 


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