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La antigua ciudad árabe, fortaleza fronteriza con el mundo cristiano, la
llamada “Wad -al- Hayara” (Valle de los Castillos, o Valle de las
Piedras), es una encantadora urbe relajada y bulliciosa a un tiempo. Se
comprueba paseando entre el núcleo urbano del centro de la ciudad y sus
aledaños, donde no pasa desapercibida la amabilidad de su población.
La larga calle Mayor es la
arteria principal que recorre todo Guadalajara en dos tramos bien
diferenciados de norte a sur, partiendo uno de la Plaza de los Caídos,
donde se ubica el exponente monumental más prestigioso de la ciudad, el
célebre Palacio del Infantado, hasta la Plaza Mayor, que lleva el nombre
de Miguel Fluiters; y desde el Ayuntamiento hasta la Plaza de Santo
Domingo, con el nombre clásico de calle Mayor. Entorno a ella se
desperdigan las calles y plazas de la ciudad vieja y algunos de los
comercios y cafés más concurridos, o cualificadas pastelerías
contribuyendo al gustoso aire cosmopolita de toda la zona.
Enseguida de acceder a
Guadalajara por la N II se localiza su monumento más emblemático, el
citado y tan preciado Palacio del Infantado que se inició en 1480
finalizándose a finales del XV con la dirección de Juan Guas. En la
década de los setenta del XVI se añadieron los elementos renacentistas,
y a finales de los últimos 60 se restauró después del incendio sufrido
en 1936. Edificio de contrastes que se muestran en la propia fachada de
gótico primero con ventanas renacentistas, la antigua morada de los
Mendoza, entre el gran muro del cuerpo y la complejísima portada,
impresiona al visitante por la solidez de impactante belleza, acentuada
por la cabeza de los clavos de piedra de la preciosa fachada.
Actualmente el Infantado alberga el Archivo Histórico Provincial y el
interesante Museo Provincial.
Iglesias como las de Santiago
(s. XVI), admirable por su sencillez; San Nicolás (s. XVII), localizada
en uno de los enclaves más agradables de Guadalajara, la plaza del
Jardinillo; del Carmen (s. XVII), en la plaza del mismo nombre; o la de
San Ginés (s. XVI), en la plaza de Santo Domingo, luciendo orgullosa su
espectacular fachada de piedra; o la de Santa María Micaela, con la
extraordinaria obra del arquitecto Velázquez Bosco en su fachada,
integran un conjunto de edificios religiosos de gran nivel.
Rematado, además, por el
soberbio Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo, otro de los iconos
monumentales de la bella ciudad alcarreña, construido gracias a la
generosidad de María Diego de Desmaissiéres, duquesa del Sevillano, y
condesa de La Vega del Pozo. La cúpula de cerámica vidriada del Panteón
es uno de los vistosos puntos de referencia de Guadalajara. Luce
influencias del arte del norte italiano combinándose con elementos
orientales y occidentales que le conceden un inconfundible aire
bizantino. Hermoso ejemplo de diálogo arquitectónico intercultural, que
impresiona también admirando la gran sala interior del panteón, en forma
de cruz griega.
Y si a influencias culturales
nos referimos, la huella hebrea fue asimismo considerable en esta
ciudad, que albergó a cabalistas del prestigio de Moshé de Leon. La
deliciosa capilla de Luis de Lucena, en la Cuesta de San Miguel, es un
sugestivo ejemplo de arquitectura en ladrillo siguiendo la tradición
mudejar, aunque su eestilo más bien se ubique en el gracioso manierismo
del siglo XVI. Las bóvedas, que se atribuyen a Rómulo Cincinato,
muestran la sugestiva iconografía salomónica.
En fin, que la Guadalajara
monumental no tiene desperdicio. A las muestras señaladas podríamos
añadir la concatedral de Santa María y su curiosa mezcla de estilos; o
el original Palacio de la Cotilla con su asombroso Salón Chino decorado
en el vistoso, sorprendente estilo de la dinastía Qing. Verdaderamente
insólito en España. El Palacio de la Diputación en la plaza Moreno; el
Fuerte de San Francisco, o el ecléctico y singular edificio del
Ayuntamiento, en la plaza Mayor, con el considerado mejor retrato de
Pedro González de Mendoza, cardenal español de los Reyes Católicos; o la
Puerta de Bejanque, en la plaza de ese nombre - o también Olmo por el
alto y viejo olmo que conserva – refuerzan los atractivos monumentales y
urbanos guadalajareños. Sin ignorar sus fuentes y jardínes, o el Zoo
Municipal, al norte, en el Parque del Río.
Guadalajara es un magnífico
destino para fines de semana, o puentes, ofreciéndose además como punto
de enlace con una variadísima y encantadora provincia. Con enclaves tan
interesantes como Sigüenza – y el soberbio parador o la enhiesta
catedral -,o Atienza, con una preciosa Plaza Mayor; la insólita Ruta de
la Arquitectura Negra con aldeas y pueblecitos de gran sugerencia como
Valverde de los Arroyos o Majaelrayo, junto al Pico del Ocejón; Jadraque
y su bello castillo, Pastrana. O los famosos pantanos de Entrepeñas y
Buendía.
Y si complemento
imprescindible a una estancia inolvidable debe ser la gastronomía, la de
Guadalajara no desmerece en nada a la que se ofrece en la apasionante
oferta española. Las sopas y caldos de gallina, las migas del pastor o
las gachas; o los prestigiosos asados de cordero y cabrito, como
emblemas del buen comer guadalajareño, célebres por su exquisitez, se
completan con los sabrosos bizcochos borrachos. Todo el mundo sabe
también que la mundialmente reconocida miel de la Alcarria, es uno de
los símbolos más gustosos de estas tierras apacibles y variadas, con la
etiqueta de Denominación de Origen desde 1992. Los vinos de Mondéjar, el
Aceite y las Setas, son productos asimismo reconocidos.
Lo mejor para comprobar
la certeza de lo que aquí se ha expuesto someramente es acercarse a ésta
ciudad acogedora, de ritmo pausado vivo, capaz de seducir al visitante
que busca una estancia sustanciosa, inolvidable. Muchos jóvenes se
acercan también a Guadalajara para disfrutar de las horas del ocio en
fines de semana, con agradables pubs y lugares apropiados muy próximos a
la calle Mayor. Guadalajara siempre dirá “hasta pronto”, “hasta la
próxima”. Y volverémos.
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