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Las
Ermitas de Córdoba, desde lo más alto de Sierra
Morena, contemplan una ciudad, que, como muy pocas, ha
sabido atesorar y conservar muestras de su riqueza
artística e historia. El Desierto de Nuestra Señora de
Belén fue el lugar en el que, a finales del siglo XVII,
un grupo de eremitas decidieran tomar tan privilegiado
entorno como su habitual punto de residencia. Un enclave
único y singular que reúne las condiciones perfectas
para poder desarrollar una vida austera y de
meditación.
Texto y
Fotografías: Luis Medina
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A
tan sólo veinte kilómetros de la ciudad, en las faldas de Sierra Morena, el lugar
conocido como las Ermitas acoge una muestra de trece humildes viviendas que en otros
tiempos fueron habitadas por personas que apostaron por el recogimiento y la autenticidad
espiritual.
Hoy,
las ermitas continúan teniendo su sentido. Rodeadas de un misterioso silencio y
deshabitadas, se dejan ver con el fin de mostrar el ambiente en el que según cuenta la
historia hubo hombres que, abandonando todo, aquí encontraron el mejor refugio.
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Hoy,
las ermitas continúan teniendo su sentido. Rodeadas de un misterioso silencio y
deshabitadas, se dejan ver con el fin de mostrar el ambiente en el que según cuenta la
historia hubo hombres que, abandonando todo, aquí encontraron el mejor
refugio
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El
aspecto de los ermitaños era de una dureza relativa. El hábito tenía el color de la
arena quemada, con arrugas por todas partes, pesados, anchos y molestos. Un ancho
cinturón de cuero para dar una forma irregular a la tela. Sobre él un escapulario y
encima la capucha que completa la armadura. La barba ancha, desarreglada, maciza y de
color gris.
El
Paseo
Desde
la entrada, una senda cubierta de cipreses lleva hasta la capilla y a los diferentes
caminos de las ermitas. Este camino fue construido para guiar a los fieles que se
acercaban a la capilla y así evitar que fueran a parar a alguna de las ermitas, con el
consiguiente desvelo de los hermanos. Una cruz negra y blanca marca la entrada al camino
que da acceso a las ermitas. A sus pies, un nicho cerrado por una reja guarda una calavera
con una inscripción: "Como
te ves yo me vi,/Como me ves te verás./Todo para en esto aquí,/Piénsalo y no pecarás.
El
camino de la derecha lleva a la puerta principal de la ermita mayor. El de la izquierda,
adornado con flores, va a parar a la capilla y al cementerio. Desde este punto se pueden
observar la mayor parte de las ermitas, que asoman entre los árboles.
Subiendo
por el camino de la izquierda, por un paseo cubierto de palmeras, se encuentra la ermita
de la Magdalena, que aún conserva el cayado y la cama, así como otros objetos utilizados
por los ermitaños que ocupaban este espacio antes de morir. Tiene doce nichos, que, una
vez cerrados, se blanqueaban y se cerraban sin hacer ninguna referencia escrita al
fallecido. Sorprende el hecho de que siempre haya una sepultura abierta, como a la espera
de otro fallecimiento.
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Tiene
doce nichos, que, una vez cerrados, se blanqueaban y se cerraban sin hacer ninguna
referencia escrita al fallecido
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En
el vestíbulo de la capilla existe otro nicho con la calavera del hermano Juan de Dios de
San Antonino y también otras urnas con imágenes y un nacimiento. La iglesia, de
pequeñas dimensiones, es de cruz latina, con cúpula y pavimento de mármol. Tiene tres
altares. El altar mayor, obra de principios de siglo, tiene en lo alto un cuadro de la
Virgen de Belén enmarcado en plata. En el crucero hay dos altares, uno en honor a San
José y el otro dedicado a San Pablo y San Antonio Abad. Por detrás del altar mayor está
la capilla que era utilizada por los ermitaños como sala Capitular.
Antes
de la vuelta, es indispensable acercarse al mirador, donde se encuentra la esbelta imagen
del Corazón de Jesús, con excelentes vistas de la ciudad.
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