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Las músicas identifican a los pueblos, en sus
canciones se muestra su historia y personalidad. En Portugal, el fado
manifiesta en sus versos cantados la melancolía. De estas voces dulces se
desprenden pensamientos amargos que expresan las dificultades de la vida, el
amor perdido, la emigración o la nostalgia de los territorios de ultramar.
Fado viene del latín y significa destino. El origen de este canto popular se
remonta al siglo XIX y su germen inicial se atribuye a las clases bajas y
barrios marginales. Incluso, en sus primeras etapas, se asociaba a cantos de
prostitutas que entonaban estas coplas en rincones oscuros entre
callejuelas, como una forma de aliviar la espera de sus clientes. Imagínate
estas melodías resonando en ambientes portuarios decadentes, en el interior
de tabernas repletas de rudos marineros que, al calor del vino, canturreaban
estas melodías mientras esperaban el embarque a quién sabe qué lugar.
Posteriormente, estas canciones procedentes de los arrabales, se pusieron de
moda entre las clases acomodadas y aristocráticas, que fueron introduciendo
estos versos cantados en sus salones nobles, como una excentricidad del
pueblo llano.
Origen arrabalero del Fado.
Cuadro de Malhoa
En nuestro paso por Lisboa, preguntamos a un empleado del Parque de las
Naciones si aún se podía escuchar fado auténtico, el espontáneo del pueblo.
Dijo que sí, que en las tabernas de Alfama o del Bairro Alto,
sobre todo a última hora y los días más próximos al fin de semana, se
producían “improvisadas” actuaciones de fado.
En su sonrisa cómplice, así como en sus gestos, parecía que me estaba
hablando más de cánticos de borrachos, algo así como nuestro “Asturias
patria querida” a la salida de una cantina, que de conocer el verdadero
canto popular.
Seguramente, también habrá algún virtuoso entre estas decrépitas barras que,
alentado por el reguero del vino barato entre sus venas, desgarre su
garganta interpretando este fado de tasca. En sus palabras, deduje que no
valía la pena investigar esta posibilidad, sino fuera por pura casualidad,
al pasar por delante de un bar mientras se recorre la ciudad blanca.
En la noche Lisboeta suena el eco del fado.
Llegada a la “Taverna” en las puertas de Alfama
Los locales de fado son otra posibilidad a la
del canto improvisado que se produce en los bares de los barrios históricos,
estimulado por el alcohol de vasos de vino y el licor de cerezas típico de
Lisboa: la dulce Ginjinha, una bebida que debes probar en el paso por la
ciudad romántica. Estos locales, con actuaciones programadas de fado, es una
opción menos aventurera que buscar entre bares desconchados, situados entre
callejuelas. Eso sí, tendrás que pagar una cena un poquito más cara de lo
habitual, pero el coste compensa por la calidad de la carta y en su precio
también se cobra la actuación.
Llegamos a la zona de Alfama, situada cerca de la zona portuaria.
El local de fado se ubica a pocos minutos andando de la Plaza del Comercio,
el punto de encuentro turístico por excelencia de Lisboa.
En estos establecimientos elegantes, programados para turistas, se combina
una buena cena portuguesa con la actuación de distintos artistas. En el caso
de este local llegan a alternarse hasta cinco fadistas. El precio del menú
puede parecer alto, pero también hay que tener en cuenta en la minuta se
incluye el espectáculo.
Nos acercamos al local, situado en un callejón estrecho y sinuoso, típico de
Alfama, donde un cartel con el nombre del Embuçado nos indica
que hay que girar por los antiguos pasajes del barrio medieval. El
establecimiento se sitúa en una calleja sin salida y tras unos muros del
siglo XIII.
Aún no hay un alma en el local, somos los primeros en llegar y es día 3 de
enero, por lo que por un momento pensamos que seremos pocos los asistentes a
la actuación.
Afortunadamente, los portugueses tienen la costumbre de proporcionar unos
aperitivos o entrantes antes de la comida principal, un bocado con el que
matar el gusanillo. Normalmente, se ofrece una deliciosa mantequilla salada
con bollitos de pan para untar, compartiendo con otros tentempiés como paté
de pescado o quesos típicos de las sierras, aunque no olvides un detalle:
estos aperitivos se pagan en la factura final.
La rústica arquitectura de la Taverna do Embuçado ayuda a la
ambientación típica de una manifestación tradicional y popular. El local no
es excesivamente grande, pero suficientemente acogedor. Decoración vetusta
que se exhibe las curvas de los portones, cuyos techos están sostenidos por
traviesas de madera, que recuerdan a una antigua bodega de vinos o una
caballeriza.
La tímida iluminación se compensa con la cándida luz de las velas encima de
los manteles, que perfilan un entorno familiar e íntimo, ideal para una cena
romántica. No faltan las sillas de cuero artesanal, la artística loza de
Marinha Grande o la mantelería delicada.
Estábamos equivocados, el templado fresco de enero en la noche lisboeta no
amedrenta a la gente, que llega a cuentagotas, pero que rápidamente llena la
sala hasta no quedar ni una silla libre.
Ya ha pasado una hora y todas las mesas están repletas de turistas de todas
las nacionalidades, entremezclados entre lusos de postín y ejecutivos, que
se mezclan con familias acompañadas por hijos adolescentes o parejas. No es
difícil que en alguna mesa se escuche hablar en castellano.
En la oferta de la carta no faltan los mejores platos de la cocina
portuguesa ni los vinos de todas las bodegas del país, unos caldos que no
tienen nada que envidiar a los españoles.
Mi acompañante pide bacalao a la brasa. No puedes irte de Portugal sin
probar este plato nacional que se prepara de diversas formas. Como ya
sabrás, esta especialidad utiliza un pescado conservado durante meses en sal
gruesa y que se desala uno o dos días antes de su preparación sumergiéndolo
en agua dulce. Aún así, su chicha siempre guarda un cierto sabor saladillo.
Empieza el fado
De repente, cuando menos se espera y después
de una media hora de cena, salen al escenario dos guitarristas al centro del
local, acompañando a un joven artista: Miguel
Capucho, toda una promesa del fado que aparentemente no parece pasar de los
30 años. Empiezan a vibrar sus cuerdas vocales con un melancólico canto a
Lisboa, la partida del emigrante que no sabe cuando va a volver y el amor a
las blancas calles de la capital del Tajo.
Observamos fijamente al intérprete, cierra con fuerza sus ojos mientras se
remarcan arrugas entre la piel de sus jóvenes párpados, que se rasgan desde
la fuerza de su garganta, en la que emergen sentimientos profundos. De
anticipo nos obsequia con tres canciones, dando un respiro de varios minutos
a los comensales para proseguir con la cena.
Al cabo de poco tiempo sale a escena otro fadista: Augusto Amoral. De
procedencia africana y rasgos mestizos, su color ébano recuerda el antiguo
imperio portugués, cuyos territorios se extendían por todo el mundo y,
mostrando en su canto, que el fado aparte de las barriadas portuguesas
también tiene raíces africanas, aires que llegan desde las antiguas colonias
lusas.
La siguiente artista, Ana María Dias, mujer gruesa de raza totalmente
africana, que irradia con su voz sosegada y dulce el alma de una tierra
lejana a la que nunca se debió abandonar.
El fado también se impregna con versos de las antiguas colonias
Pasa la
noche en su camino hacia la medianoche, acompañados de exquisitos manjares y
copas de vino, que se interrumpen con la llegada de la actuación estelar de
la noche, la gran Cidália Moreira. No
solo tiene una voz envidiable, sino que escenifica con pasión las canciones
y poemas que parecen brotar de lo más recóndito de su alma. Máxima expresión
que no defrauda en una artista que lleva más de 40 años interpretando fado
por todos los escenarios del mundo.
Cidália Moreira
Vestida como si fuera una diva de la ópera, Cidália se permite la licencia
de cantar alguna canción más humorística o informal, dice que tampoco todo
en el fado es desasosiego, e interpreta una canción en la que con gran
sentido del humor se habla sobre la crisis de los 40 años. La cantante se
lleva el público a su terreno y consigue que todos tarareen sin descanso las
estrofas de la satírica canción.
Cambio de repertorio y en la siguiente canción se pone más seria, e invoca
la memoria de la grandísima, la irrepetible Amalia Rodríguez, y con pasión
interpreta canciones que también salieron de la garganta de la gran diva del
fado.
Pasión y sentimiento en el fado
Por último actúa
Teresa
Siqueira, que, además, es una de las
dueñas del local. Acaba la cena y hay que irse. Un camarero nos acompaña
hasta un taxi ya que son más de las doce de la noche hora portuguesa y a
esas horas Alfama no es un sitio recomendable para deambular a la
aventura por sus callejones oscuros. En la ruta hacia el hotel,
contemplamos desde las ventanillas del viejo Mercedes las luces navideñas de
esta ciudad melancólica. Mientras atravesamos la Baixa, en nuestro
trayecto por las rúas lisboetas, resuenan aún en nuestros oídos los ecos del
fado que dejamos en Alfama y que nos han acercado más a la ciudad y
al sentir de nuestros vecinos portugueses, tan cercanos a nosotros y
desgraciadamente tan desconocidos
Taverna do Embuçado.
Beco dos Curtumes, 10.
Tel.: 00 351 21 886 50 88
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