|
De viaje por...
|
|
|
 |
|
Rutas y
destinos por Castilla y León |
|
EL
CAMINO DE SANTIAGO POR PALENCIA

|
|
La ruta jacobea es larga y tortuosa y ofrece innumerables hitos donde disfrutar del paisaje y del arte. No obstante, escondida en la palentina Tierra de Campos, el Camino de Santiago se torna esquivo entre las llanuras asolanadas. Parece un lugar anodino, de horizontes lineales, pero, allí, las apariencias engañan, pues históricas poblaciones albergan un itinerario artístico y monumental difícil de olvidar.
Fotografías Luis Medina
© revistaiberica
|
Itero
de la Vega es el primer pueblo palentino que surge en el Camino
de Santiago. La ermita dedicada a la Piedad, del siglo
XIII, a la entrada, alberga una imagen de Santiago peregrino. El
conde Fernán Armentales repobló un lugar en el que, como en todas
las villas de Tierra de Campos, la parroquial destaca sobre el
caserío. En las afueras, un otero ofrece magníficas perspectivas de la
llanura castellana. A partir de aquí, las pequeñas ondulaciones del
terreno llegan a su fin y el único movimiento que ofrece el horizonte son
las mareas de trigo mecidas por la brisa ligera.
Pero
Itero no es más que un mínimo preludio de lo que alberga la ruta
jacobea palentina. El siguiente pueblo, Boadilla del Camino,
contaba en 1345 tres iglesias y dos hospitales, uno de ellos fundado, en
el siglo XVI, por el arzobispo Antonio Rojas, presidente del Consejo
de Castilla. Hoy, apenas mantiene abierto un templo, el de Santa
Marta, en cuya plaza trasera se alza el mejor rollo jurisdiccional de Castilla.
La columna fue tallada en el siglo XV según el gótico tardío y
simbolizaba el poder jurídico, además de utilizarse para encadenar y
ajusticiar a los reos. El templo, por su parte, levantado en el siglo XVI,
consta de tres naves, destacando el retablo mayor (siglo XVI), la pila
bautismal (siglo XIV) y un retablo con pinturas castellanas.
|

|
El
conde Fernán Armentales repobló Itero de la Vega, un lugar en el que, como en todas
las villas de Tierra de Campos, la parroquial destaca sobre el caserío
|
No
demasiado lejos, un camino de sirga bordea el Canal de Castilla,
idea del Marqués de la Ensenada iniciada a fines del XVIII, con el
que se quería llevar mercancías de las capitales castellanas a Santander.
Las barcazas eran arrastradas por mulas desde la sirga, pero la obra quedó
inconclusa cuando ya se habían construido 207 kilómetros de canales y
algunas maravillosas esclusas. Una de éstas, cuádruple, está en Frómista,
y, sobre ella, cruza el Camino para entrar en la villa que
es final de la sexta etapa del Codex Calixtinus y fue un destacado
centro agrícola romano, llamado Frumesta por la abundancia
de grano. Además, es patria chica de San Telmo, patrón de los
navegantes, que posee un monumento en la plaza mayor y cuyas fiestas
patronales, centradas en la procesión del Olé, se celebran el
domingo siguiente al de Pascua.
Entre
sus tejados, se alza la iglesia de San Martín, ejemplo de románico
español y único vestigio del monasterio de igual advocación que fundó,
en 1066, doña Mayor, hija del conde Sancho García y esposa
de Sancho III de Navarra. Su planta se desarrolla en una
cruz latina con tres naves, sendos ábsides semicirculares escalonados, un
cimborrio octogonal en la intersección del crucero y dos torres cilíndricas
al pie de las naves laterales. Un total de 315 canecillos de variados
motivos y una línea de taqueado jaqués decoran la fachada, sin
desmerecer un interior despejado de adornos que permite gozar de las más
puras esencias románicas.
|

|
El
templo de San Martín de Frómista, ejemplo de románico español,
es el único vestigio del monasterio de igual advocación que fundó
doña Mayor en 1066
|
Pero
San Martín no es la única parada. Un paseo descubre la ermita gótica
de Santiago, o del Otero, donde se venera una imagen románica
de la Virgen del Otero; el templo gótico de Santa María del
Castillo, con tres grandiosas naves y retablo mayor de la escuela de Fernando
Gallego; la gótica y parroquial de San Pedro, con portada clásica
del XVI y buenos retablos y tallas; las ruinas del cenobio benedictino; la
aljama judía, cerca de San Martín o el hospital de Santiago,
de 1507.
Calles francesas
El Camino original se pierde, al salir de Frómista,
bajo los cultivos de cereales o bajo el asfalto, pero la monotonía del
paisaje no debe distraer al viajero. No demasiado lejos aguarda Población
de Campos que, atravesado por la vieja calle Francesa, fue la más
importantebailía de la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén
en Tierra de Campos, donada por Alfonso VII en junio de
1140. La parroquial barroca (siglo XVII) dedicada a la Magdalena,
guarda una tabla flamenco-portuguesa de Jesús nazareno de 1507. No
es el único templo. Junto a la calzada, se yergue la ermita románica de Santa
María del Socorro, donde se venera una virgen sedente del siglo XIII.
Y a la izquierda de la carretera, se alza la ermita de San Miguel,
románico-gótica, con cabecera rectangular, ventanales apuntados, cruz
patada y espadaña.
El
apellido de Campos también lo posee Revenga, lugar
donde coinciden asfalto y traza histórica. El menguado cauce del Ucieza
borbotea aquí, donde una calle, aún llamada Francesa,
alude al Camino. La barroca parroquial guarda una cruz
procesional plateresca del siglo XVI, envidia, sin duda, del retablo
mayor, del siglo XVII, que se encuentra en el templo renacentista dedicado
a Santa María en Villovieco de Campos. Santiago
cobra fuerza, pues en las imágenes del retablo se alude a la batalla de Clavijo
.
En
Villarmentero de Campos, vuelven a coincidir Camino y
carretera a través del casco urbano. La iglesia de San Martín de
Tours, clara influencia francesa, cubre su capilla mayor con una
armadura mudéjar del siglo XV de sección octogonal, con piña en el
centro, magnífica introducción a las abundantes muestras de arte que se
conservan en Villalcázar de Sirga. Antigua encomienda de
templarios, una de las tres que poseyeron en la ruta jacobea (junto a
Ponferrada y San Fiz do Ermo), tuvo dos hospitales de peregrinos, aunque
destaca por sí sola la iglesia de Santa María la Blanca.
Construida en el siglo XIII, en románico de transición con ampliaciones
góticas, posee planta de cruz latina, con tres naves, cabecera recta y
cinco capillas. La portada meridional está presidida por un pórtico
decorado con más de cincuenta estatuas: un Pantocrátor
rodeado de un completo Apostolado y una Epifanía.
El
interior alberga los sepulcros protogóticos del infante Felipe (un
excardenal que casó dos veces con sendas reales hembras), su segunda
mujer, Leonor Ruiz de Castro, y un caballero santiaguista. Los tres
están profusamente decorados y policromados con escenas religiosas y
familiares. Un retablo de pinturas castellanas, del maestro Alejo,
preside la capilla mayor, aunque no desmerece el dedicado a San Antonio
de Padua, del maestro Calzada, y otro, plateresco, de Cristóbal
de Herrera, con un Santiago peregrino. Sin obviar la blanca
imagen de Santa María, a la que Alfonso X dedicó varias
cantigas, un bajorrelieve de un caballero despidiéndose de su dama (siglo
XIV) y los historiados capiteles del interior del templo.
|
Carrión
de los Condes es la principal ciudad de la ruta palentina. Aquí,
se unían la vía romana Aquitania, de Burdeos a Astorga,
y la jacobea diseñada por Sancho III de Navarra desde Pamplona.
Corte de reyes, sede del condado de los Beni-Gómez y cuna de
ilustres personajes, como el marqués de Santillana y Dom Sem Tob, la antigua Lacóbriga unía, también, una vía
secundaria, llegada desde el norte, que pasaba por Valmaseda, Valle
de Mena, Bercedo, Espinosa de los Monteros y Reinosa,
para descender siguiendo el Pisuerga
|
Carrión
de los Condes es la principal ciudad de la ruta palentina. Aquí,
se unían la vía romana Aquitania, de Burdeos a Astorga,
y la jacobea diseñada por Sancho III de Navarra desde Pamplona.
Corte de reyes, sede del condado de los Beni-Gómez y cuna de
ilustres personajes, como el marqués de Santillana y Dom Sem
Tob, la antigua Lacóbriga unía, también, una vía
secundaria, llegada desde el norte, que pasaba por Valmaseda, Valle
de Mena, Bercedo, Espinosa de los Monteros y Reinosa,
para descender siguiendo el Pisuerga.
Doce
iglesias y doce hospitales esperaban al peregrino en la que era, según Aymeric
Picaud, “activa e industriosa ciudad, rica en pan, en vino y en
carne”. En el más importante de ellos, el de Don Gonzalo o
de La herrada, fundado hacia 1200 muy cerca del monasterio
de San Zoilo, los peregrinos recibían “de mayo a octubre
medio pan, y de noviembre a abril un pan entero” y los presbíteros,
“un pan, un par de huevos, un cuartillo de vino y veinte reales en
dinero”. Aún restan seis templos, de los que destacan Santa María
del Camino, con un sobrio pórtico donde se talló el tributo de las
cien doncellas, y el de Santiago, con un Pantocrátor
escoltado por los apóstoles y veinticuatro figuras muestran oficios
artesanales y escenas guerreras del siglo XII.
La Parva
A orillas del Carrión, también creció el
cenobio de San Zoilo, fundación benedictina del siglo X y dotado,
en 1047, por los condes de Carrión, Gome Díaz y su mujer, Teresa,
con las reliquias del santo. Aquí, se enterró a los fundadores y a sus
hijos, los infantes de Carrión, casados con las hijas de El
Cid. Hasta el siglo XV, perteneció a Cluny y poseyó un
hospital para peregrinos. Hoy, abandonado y cerrado, esconde un claustro
renacentista, obra maestra de Juan de Badajoz el Mozo.
En
el cruce a Villotilla, un camino muy pedregoso es el resto del
camino original. Lleva a Calzada de los Molinos, cuya parroquial de
Santiago, en gótico-mudéjar, destaca por sus armaduras mudéjares
y por el retablo mayor, de estilo renacentista italiano, donde luce una
talla del santo vestido a usanza mora. La ruta auténtica seguía por la
abadía de Santa María de Benevívere, fundada en 1165 para canónigos
regulares de San Agustín y de la que quedan escasas ruinas, y por
el priorato de San Torcuato, en cuyo hospital daban “pan, pero
sin excederse”, según Herman Künning de Vach.
Vestigios
romanos aparecen en Quintanilla de la Cueza o en Calzadilla de
la Cueza, cuyo nombre proviene de la Vía Aquitania y
donde aún se conserva la calzada romana a la que llaman La Parva,
empedrada con menudos cantos rodados y usada por los peregrinos. La
parroquial de San Martín luce un retablo renacentista, con
altorrelieves, esculturas y símbolos santiaguistas, de escuela
vallisoletana, originario del rico cenobio de Las Tiendas, donde
facilitaban generosa ración de pan, vino y queso. Fundado hacia 1182 por Bernardo
Martín, su nombre se debe a las carpas de tela y armazón de madera
usadas para acoger a caminantes y pobres. Estaba equipado con “catres
con jergón, sábanas, mantas, cobertor y cabezales con sus respectivos
almohadones”.
Cuatro
lugares restan antes de abandonar Palencia. Lédigos, pueblo
de tapiales de adobe, muestra en su iglesia, consagrada a Santiago,
tres diferentes imágenes del santo: matamoros, peregrino y apóstol. La
villa, con todos sus edificios, prados, huertas y viñedos, fue ofrenda,
en 1028, de doña Urraca, madre de Bermudo III, al apóstol.
Más allá, Terradillos de Templarios recoge el testigo de los dos
pueblos ya inexistentes por los que sí pasó la ruta original. Su nombre
indica que fue posesión templaria, dependiente de la encomienda de Villalcázar
de Sirga. Por contra, Moratinos puede presumir de que la ruta
de las estrellas pasó siempre por su calle Real, como aparece
en documentos de 955.
Por
último, San Nicolás del Real Camino. El lugar estuvo siempre
vinculado a la peregrinación gracias al hospital del mismo nombre fundado
en 1183 por un poderoso caballero de la comarca, Tello Pérez de
Meneses. Llegó a admitir trece leprosos en su época de máximo
apogeo, más nada queda de él. La ruta serpentea de nuevo y, a poco, el Camino,
sin dejar Tierra de Campos, entra en la provincia de León.
|
|
El Camino:
Herodes Agripa ordenó decapitar, en el año 42, a Santiago el
Mayor, hijo de Zebedeo, en Jerusalén. La tradición
narra que sus discípulos robaron el cuerpo y lo llevaron, en siete días
por mar, a la desembocadura del Ulla (hoy, ría de Arousa)
para cumplir con el rito de que los apóstoles fueran enterrados donde
predicaron, aunque se precisaron varios milagros para convencer a Lupa,
la reina local.
En
el año 813, los musulmanes dominaban la península y los pequeños
reinos cristianos norteños eran incapaces de unirse. Entonces, Pelayo,
pastor Gaellecia, vio la luz de una estrella sobre el
monte Libradón, donde, más tarde, nació Compostela..
Enterado de ello, Teodomiro, obispo de Iria Flavia,
ordenó desbrozar el monte hasta hallar un arca de mármol donde, por
revelación divina, supo que estaban los restos del apóstol Santiago.
El obispo informó a Alfonso II, que mandó edificar sobre el
sepulcro un sencillo templo de mampostería y barro que acogió a los
primeros visitantes. El apóstol se convirtió en el elemento unificador
de las huestes cristianas, el 23 de mayo de 844, al aparecer sobre un
corcel blanco repartiendo mandobles en la batalla de Clavijo y
ayudando a Ramiro I de Asturias a vencer, contra pronóstico,
a Abderramán II. Occidente se volcó en el culto a sus restos y
en la responsabilidad de asegurar el paso hacia Compostela o como
dijo Goethe, “Europa se hizo peregrinando a Compostela”.
En
el siglo X, el viaje a Santiago estaba tan consolidado que se
distinguía entre peregrino, romero (a Roma) y palmero
(a Jerusalén). La peregrinación y las cruzadas eran el motivo del
viaje medieval y poblaron las calzadas romanas (sobre todo, Vía
Aquitania) de todas las clases sociales. Y con el islam cada vez más
al sur, Sancho el Mayor de Navarra y Alfonso VI
de León desplazaron la ruta para repoblar territorios
reconquistados, abriendo un nuevo camino por Estella, Logroño
y León que, siendo el más transitado, se llamó Camino
Francés.
El
primer peregrino célebre fue Gotescalco, arzobispo de Le Puy,
que salió de Aquitania en 950. En 961, el francés Raimundo
II, marqués de Gothia, fue asesinado en el Camino
y, en 1668, el príncipe italiano Cosem de Médicis, junto
con cuarenta personas, pasó por Santiago hacia Inglaterra.
En el medievo, los peregrinos ingleses, como Matilde, hija de Enrique
I, que viajó en 1125 tras enviudar del emperador alemán, Enrique
V, llegaban por mar hasta A Coruña. Alemania
estableció rutas marítimas, usadas por Sigfrido I, arzobispo de Maguncia, hacia 1070. En el XII, los condes de
Barcelona
tenían guías para llevar a sus ilustres huéspedes hasta la catedral
de Santiago y, en 1488, los Reyes Católicos visitaron la
ciudad. También se peregrinaba por delegación (el francés Yves
Lebreton cumplió en nombre de la condesa de Artois) y, en el
XV, por caballería (Hainault de Werchin anunció que
retaría a todo caballero que, camino a Santiago, no se apartara
más de veinte).
La
popularidad del Camino animó a escribir las experiencias,
como sucedió con Aymeric Picaud, clérigo francés que, en 1139,
presentó el Codex Calixtinus, guía del peregrino medieval
contenida en el Libro V del Liber Sancti Jacobi; con el
alemán Herman Küning von Vach, monje de Estrasburgo, que
detalló el camino en verso en el XV y con el italiano Domenico Laffi,
sacerdote de Bolonia, que escribió Viaje al Occidente, a
Santiago de Galicia y a Finisterre entre 1670 y 1673.
Con
el tiempo, las ropas comunes cedieron a cierta uniformidad: abrigo corto
que no estorbaba a las piernas; esclavina o pelerina de cuero para el frío
y la lluvia; sombrero redondo de ala ancha y un bordón más alto que la
cabeza con punta de hierro del que colgar una calabaza que hacía de
cantimplora. El bordón, marcado por los hospitaleros, indicaba cuántos
días llevaba cada transeúnte en el refugio y el hábito actuaba como
salvoconducto para obtener caridad, aunque rufianes y buscavidas se
escudaron bajo él. La vieira se prendía a la ropa para
autentificar la estancia en Compostela al regreso (en el siglo
XII, en la plaza de la Azabachería había un próspero negocio
de conchas de plomo, estaño y azabache). Por contra, el peregrino era víctima
fácil de desaprensivos. Los peores eran posaderos (aguaban el vino,
cobraban de más, cambiaban en moneda falsa o servían alimentos
pasados) y barqueros (exigían tarifas excesivas). Otros engaños eran
el falso clérigo que timaba al peregrino y forzar a los extranjeros
moribundos a testar a favor del maleante.
El
auge del Camino se produjo en los siglos XI y XII. La
frontera agarena corría hacia el sur y los monjes de Cluny regían
cenobios como San Benito, en Sahagún, o San Juan de la
Peña, en Huesca. Además, los reyes cristianos crearon
burgos y animan la vida monástica, inicios de villas como Logroño
o Puente la Reina. El papa Calixto II instituyó, en 1122,
el Año Santo Jacobeo y su sucesor, Alejandro III,
dictó en Viterbo, en 1179, la bula Regis Aeterna, que
otorga plena indulgencia a los que visitan el templo compostelano cuando
el día de Santiago (25 de julio) coincide en domingo.
La
peste negra y las guerras del XIV y el XV disminuyeron las
peregrinaciones. Los caminos eran inseguros, los monasterios apenas podían
atender a los pobres y los gozos materiales sustituyeron a los
espirituales. El temor al ataque de los piratas ingleses de Francis
Drake contra la tumba del apóstol llevó al arzobispo San
Clemente a ocultarla en 1588. Así, se perdió durante trescientos años
y, en 1867, apenas había cuarenta peregrinos en Compostela. En
1879, cuando el cardenal Payá y Rico reformó el altar mayor, se
recuperaron los restos del apóstol, reconocidos como tales, en 1884,
por el papa León XIII en la bula Deus Omnipotens.
Mas, la segunda edad dorada
del Camino se inicó a fines del siglo XX, cuando muy
diferentes motivos (religiosos, culturales, artísticos, turísticos)
rescataron la ruta jacobea. En 1982, Juan Pablo II fue el primer
papa que visitó Santiago.
|
|
Ver Guía de Hoteles >>>
Ver Guía de Turismo Rural >>> |
|
|
|
Direcciones |
 |
|