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De factura románica, el
castillo de Loarre se alza sobre un promontorio rocoso dominando toda la
planicie de la Hoya de Huesca y desde donde se controlaban las fértiles
extensiones de cultivo de la llanura. La roca caliza que sustenta sus
muros es su mejor elemento de defensa, que imposibilita abrir ninguna
brecha hacia el interior en los casos de asedio. Para proteger aún más
las estancias del interior también dispone de una gruesa muralla con
torreones.
En la actualidad, la
fortaleza se encuentra en perfecto estado de conservación, exceptuando
la parte más antigua, que se correspondería con el original castillo de
Sancho III de Navarra. En la misma entrada se encuentra una recoleta
capilla, con una acústica excepcional, y su esplendorosa iglesia, en la
que destaca su cúpula, poco habitual en los proyectos del románico.
Devenir histórico del
castillo de Loarre
Entre los años 1015 y
1023, aprovechando la debilidad musulmana, Sancho III el Mayor dirigió
la fortaleza, que posteriormente fue ocupada por los musulmanes hasta su
recuperación de parte de Sancho Ramírez. Fue en este periodo cuando se
decidió el establecimiento de un monasterio en su interior.
Durante el siglo XII la
demarcación pierde su carácter fronterizo y el castillo deja de ser la
cabecera contra la resistencia musulmana. De esta manera, los años
siguientes estuvieron protagonizados por las luchas que mantenían con
insistentemente nobles y reyes por ostentar su propiedad. En 1413 se
produjeron bloqueos por la participación en la Guerra de los Cien Años
entre ingleses y franceses. Fue entonces cuando los habitantes de los
alrededores de la fortaleza se trasladan a la actual Loarre,
aprovechando parte de los materiales de la construcción. La sucesión de
sus propietarios fueron dejando su huella en el recinto, hasta entrado
el siglo XIX que pasó al abandono, quedando a disposición de los
pastores y sus ganados.
La edificación de la
fortaleza
El castillo de Loarre
Castillo es de planta irregular que dispone de diez torreones circulares
y otro cuadrado por el que se accede al interior del perímetro. Junto a
esta doble torre, denominada la puerta de los Reyes, se encuentra otro
acceso que es la Puerta Oriental. Aquí se conservan vestigios de lo que
fue una antigua torre albarrana, torre separada del resto del recinto.
Sobresale especialmente su torre del Homenaje, que aún conserva las
características almenas defensivas. Tiene una altura de veintidós metros
con cinco plantas. Llama la atención la excesiva anchura de sus muros,
de hasta dos metros de espesor.
Para la construcción de
los muros y las torres se utilizó la piedra en mampostería. La piedra
confiere al conjunto un aspecto muy sólido, habitual en este tipo de
edificios de defensa.
La
leyenda
Cuenta
una de las leyendas de Loarre que, paseando San Demetrio por esta zona
con su mula ciega, ésta dio un traspiés y cayó. Tanto la mula como el
Santo murieron pero, antes de morir, dijo que en el monte de Loarre no
volvería a nacer planta de romero y así ha sido: podemos encontrar en
otras zonas esta variedad aromática menos en este monte.
También, como se
describe en las yeserías de los muros laterales de la capilla
parroquial, dos clérigos franceses pasaron el Pirineo, acompañados de
una acémila cargada con la arqueta de las reliquias de san Demetrio. A
su llegada a la ciudad de Jaca, se echaron misteriosamente al vuelo las
campanas de todas las iglesias, dando lugar a que fuera descubierta la
preciosa carga que transportaban. Forcejearon con los clérigos franceses
los jacetanos deseosos de que el tesoro quedara en Jaca, y ante la
negativa de aquéllos, decidióse sacar los ojos de la acémila,
conviniéndose en que las reliquias quedarían allí donde el animal se
parase. Este echó a andar y, después de atravesar el valle de Rasal,
cayó muerto frente al castillo de Loarre. Los clérigos franceses, fieles
al convenio de Jaca, depositaron la arqueta relicaria en San Pedro del
Castillo y los loarreses, en memoria del acontecimiento, levantaron una
iglesia dedicada a Santa Marina en el lugar donde cayera la acémila.
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