Entro en Toledo por el mismo paso que utilizaron, desde tiempos
inmemoriales, todos los viajeros
llegados desde los Montes y por el camino de Mérida, aquél que llegaba a
la urbe por la orilla izquierda del Tajo. El mismo que, hoy, es el paso natural de
los huertanos de la Vega Baja, cuyos productos llenaron los mercados del barrio sur
de la ciudad, recorriendo la calle dedicada a los Reyes Católicos. La enrojecida
luz solar fenece tras el horizonte, tiñendo los suelos toledanos de vacilantes sombras y,
entre ellas, se define una negra silueta. Un viejo judío se me acerca, me saluda con un
leve y silencioso asentimiento de cabeza y me invita a acompañarle. Casi sin mirarle,
respetuoso, le sigo y escucho...
La de los Católicos es
vía antigua y palaciega, de nombre cambiante e ignorancia mozárabe, pues fue el centro
del barrio judío, como aún recuerdan las sinagogas de Santa María la Blanca y del
Tránsito que contrastan con la imponente presencia que exhibe el convento próximo
diseñado por Juan Guas
|
La de los Católicos es vía antigua y
palaciega, de nombre cambiante (el de hoy, lo recibió en 1916) e ignorancia mozárabe,
pues fue el centro del barrio judío, como aún recuerdan las sinagogas de Santa María
la Blanca y del Tránsito. Contraste con la imponente presencia que, a partir
de la moderna plaza de Barrionuevo, exhibe el convento diseñado por Juan Guas
y cuyo tramo se conoció como Carnicería de San Juan de los Reyes.
Según avanzamos, se me aparecen los tres
valiosos edificios que conserva, procedentes de los siglos XIII, XIV y XV. El más
moderno, San Juan de los Reyes, es el más incompleto, pues se destruyó el
monasterio y parte del claustro gótico en 1808. Lejos quedan, sin embargo, el recuerdo
que mi intangible guía guarda de los tres importantes palacios que aquí hubo.
Correspondían al conde de Portalegre (sobre el solar hay una fábrica de
damasquinados), a la condesa de Coruña del Conde (actual maternidad provincial) y
a los marqueses de Villena (las ruinas están enterradas bajo el paseo del Tránsito),
mientras, muy próximos, estaba el lujoso hogar de Leonor, condesa de Alburquerque
y de Ledesma, esposa de Fernando de Antequera, y llamada la rica-hembra.
Sobre este último, se levantó un convento de monjas franciscanas de Santa Ana,
cuya capilla, lo único importante en pie, está dentro de la Escuela de Artes
desde 1882.
Mi
amigo me la describe con tal claridad de detalles que no necesito
verla para dejarla impresa en mi memoria. No es la primera vez que lo hace, mas disfruto
con su charla, capaz de avivar mis propios recuerdos. Luego, casi sin pausa, reinicia el
paseo para alcanzar la calle de San Juan de Dios, lugar que, dada su fe, conoce perfectamente. La
calleja vive en el centro de la Judería Mayor donde, siguiendo el ejemplo dado en Torrijos
por Teresa Enríquez, apodada la loca del sacramento, el 17 de abril de
1567, Leonor de Mendoza, condesa de Coruña, fundó una nueva capilla que
llamó del Corpus Christi. Mas, pocos años después, cambió de idea por no
averiguadas razones y, en vez de simple capilla, donó iglesia y edificio anejo a la orden
de San Juan de Dios, dotando su mantenimiento con una renta de ciento catorce mil
maravedíes anuales, para convertirlo en hospital.
Rápidamente, se olvidó la original
advocación del templo en favor del de la orden hospitalaria, nueva en Toledo, y
dando nombre a esta calle. En ocasiones, se la titula de San Benito, como más
gusta a mi amigo, por la inmediata ermita de los calatravos, costeada como sinagoga (hoy,
del Tránsito) por Samuel Leví.
Sucesos olvidados
Mi conjurado amigo emite un suspìro de
nostalgia que se diluye en un halo de invisible vaho. Y continúa... En las
actuales casas 18 y 20, el 14 de mayo de 1569, fundó Santa Teresa de Jesús el
carmelitano convento de San José, tras fracasar su acuerdo con los albaceas del
piadoso mercader Martín Ramírez. Se alojaban la santa y dos hijas de religión
venidas del convento abulense, en el palacio de Luisa de la Cerda. Allí, negoció
y estimó excesivas las pretensiones de Alonso Alvarez, heredero y albacea del
mercader, y de su yerno Diego Ortiz, de fundar una casa de la descalcez a expensas
del legado del devoto comerciante. Ello, la llevó a crearlo con independencia, superando
la oposición del gobernador eclesiástico Gómez Tello Girón y logrando licencia
eclesiástica el 8 de mayo.
Poco después, arrendó las citadas casas y,
sin medios materiales ni permiso de propiedad, las convirtió, en una noche, en capilla y
convento, diciendo, al amanecer, la primera misa. No obstante, no pemaneció allí ni un
año, pues recibió una gran cantidad de los albaceas a cambio del patronato de la capilla
mayor y compró, por doce mil ducados, casa más amplia en la plaza de las Capuchinas,
lugar del convento hasta su traslado definitivo al de San José.
La memoria olvida estos sucesos igual que los
escasos restos no revelan la existencia de la principal residencia de la Duquesa Vieja
que, según Salazar de Mendoza, "estiendese desde el Paso del Carbon hasta
san Benito, y cae la mayor parte de ellas sobre la Plaça del Marqués de Villena, cuyas
casas están muy cerca, a calle en medio". La duquesa era la de Arjona, Aldonza
de Mendoza, hija del almirante de Castilla Diego Hurtado de Mendoza,
nieta de Enrique II y desposada con el duque de Arjona y conde de Trastámara
Fadrique Enríquez de Castro, señor de Lemos.
Al igual que las ruinas del palacio, pierdo a
mi judío amigo y avanzo por mi mismo, dejándome llevar, esperando. No obstante, la
espera es corta. Pronto, cerca de la calle de San Marcos otro compañero, esta vez
musulmán, me sale al paso. Es buen lugar: en el número 1 estuvo, desde época ignorada,
la iglesia mozárabe de San Marcos que, por ruina, se trasladó a San Bartolomé
en 1778. Transhumancias varias la llevaron, en 1973, a Santa Eulalia, no sin antes,
ocupar el amplio templo de los trinitarios calzados, vacío por las leyes
desamortizadoras.
En rededor de San Marcos se instalaron los tintoreros en época
árabe, por lo que se llamó barrio de los tintes a fines del siglo XII. Mas,
pronto emigraron a zonas donde el agua era más abundante y más cómoda de llevar, por lo
que, desde el XIII, se denominó tintes viejos al paraje que fue ocupado por
numerosos clérigos y servidores de la catedral.
También mozárabe es el templo de Santa
Eulalia, en la cuesta dedicada a Garcilaso de la Vega desde 1864. El poeta
nació en un palacio, sólo presente ya en la literatura, que debió ser amplio y digno
cuando en él se alojó Germana de Foix, ex-reina de Navarra, en enero de
1526. Hoy, sólo resta un solar y tres vulgares paredones, pobre remedo de la calle que,
en 1561, se denominaba Portería de Santo Domingo, aludiendo al de Silos, y,
en 1776, como calle que sube a Santa Eulalia, comenzando en la plaza del Colegio
de Doncellas y compuesta por dieciséis casas
Subiendo agua
Un giro a la derecha, un requiebro y, tras mi
apenas intuido compañero, alcanzo la plaza de Santo Domingo el Real. El sólo susurra
nombres e historias (incluso, me cuesta oírle). Leyendas de literatos y donantes de
lápidas sobre la calle, sobre su cobertizo y sobre la plaza. La rúa se conoce, más
bien, como cobertizo, aunque pertenezca al convento de Santa Clara -cuyo pasadizo
la cruza-. Es esta calle toledana, poco frecuentada, una de las pocas cuyo trazado está
excavado en la viva roca, sobre la que asoman los cimientos del convento de Santa Clara
y los del palacio de los Malpica y Valdepusa. Costosa obra que debió
realizarse en 1568, cuando se rebajó el pavimento del cobertizo para facilitar el paso
bajo él y evitar que las lluvias vertiesen en el monasterio de las dominicas, encauzando
el agua hacia la plazuela de los Carmelitas y el Cristo de la Luz. Una
guardería montada por las dominicas ha animado, recientemente, este pasaje donde, antes,
crecía abundante hierba entre los guijarros.
Cerca, la plaza de Santa Clara, nombre
del primer convento de franciscanas fundado en Toledo, era, en origen, un corral
con única entrada, flanqueada por el picadero del marqués de Malpica, cuyo
antepasado, Per Afán de Ribera, poseyó incluso, el solar de la plazuela que
cedió a las monjas en 1397. La brisa porta los recuerdos de vecinos tan antiguos como Diego
Alfón, caballero toledano dueño de casas grandes antes de 1292 y cuyo nieto
fue alcalde mayor de Toledo y cuya hermana María Meléndez, casó y
enviudó de Suero Téllez de Meneses (sobrino del arzobispo Gutierre Gómez)
sin sucesión, por lo que el 12 de marzo de 1369 donó los palacios a la comunidad
femenina de Santa María y San Damián.
Mas, un murmullo resentido, me recuerda que
ante la puerta del palacio de Diego Alfón celebraron sus juicios los alcaldes
toledanos en el siglo XIII, carente el juzgado de local propio y siendo Alfón
alcalde mayor. Esta tendría un tejadillo para proteger del sol y la lluvia a litigantes,
testigos, juez y escribano.
Me deja mi agareno en manos de
otra sombra no menos antigua, aunque no pueda ver las arrugas de la vejez. Siento palpitar
la duda en esta entidad obligada a renunciar a la fe criada cuando niño, en favor del
cultivo adulto del dios cristiano. El converso parece más dicharachero, más animado, a
pesar de todo, y encamina mis pasoa hacia la calle de Azacanes. Nombre gremial y
etimología árabe referida a los modestos trabajadores que, en el siglo XIV, por ella
transitaban, subiendo agua a la villa a lomos de asnos provistos de unos entramados de
madera donde encajar los cántaros. Los salientes de las aguaderas golpeaban a los
distraídos transeúntes, por lo que se llamaron cornadas de borrico.
El oficio de aguador era libre para
cualquiera, aunque, en 1563, fue sujeto a normas sobre medidas de cántaros, contenido de
cinco azumbres y cuarto de agua y sellos de fabricante "con la marca que por
mandado de la ciudad al presente se le ha dado a cada uno". Su incumplimiento
penalizaba con multa de doscientos maravedises y la rotura de los cántaros de medida
inferior. Los sucesivos abastecimientos construidos desde mediados del XIX, acabaron con
el oficio, aunque, hasta 1945, se surtieron aljibes con agua de la fuente de Cabrahigos,
no faltando los asnos con cántaros para llenar las tinajas de casas particulares, pues el
agua del río no era realmente potable.
Ejecuciones y fiestas
La sombra del converso ha desaparecido. No
desea llegar más allá, sobre todo, porque mis pies me llevan al centro de la ciudad, a
la conocida plaza de Zocodover. Lugar maldito para muchos, sólo puedo contar con
la alianza de los muertos violentamente. No tarda en aparecer una sombra en la que ciertos
rasgos se marcan con mayor fuerza. Prefiero, por ello, no preguntar. Sólo escucho.
Los romanos cambiaron el
difícil paso del Tajo a través de un vado por un puente de piedra. Sobre el
puente, construyeron una calzada y, junto a ella, un castillo que aprovechó la escarpada
roca del cerro toledano y, a su costado, la población sometida, sujeta a un pesado
tributo. Conquistada por la fuerza, fuertes deben ser las defensas hacia el río y el
puente y fuerte la protección de los legionarios y de sus jefes frente a los sometidos.
Para ello, otra muralla separa el pretorio del caserío celtibérico. Muro provisto de
varias puertas frente al cual dejar una tierra de nadie que amplía el campo de
tiro e impide un asalto repentino. Mas, los restos encontrados (un muro de 2,60 metros de
espesor en el oriente de Zocodover, hallado en 1940) no son romanos, sino obra de
los seguidores de Alláh.
Creado el espacio vacío, Zocodover se
convirtió en el nexo de unión entre los habitantes del burgo y los soldados y la
minoría gobernante, obligados a adquirir provisiones, animales de carga y de silla,
ganado comestible y enseres a agricultores, artesanos y comerciantes. De ahí el nombre de
la plaza: Suk-al-dawab o mercado de las bestias. De periodicidad semanal,
normal en los zocos árabes, Enrique IV lo convirtió en feria franca a celebrar
los 52 martes del año.
"No es el único suceso. Acaso sí,
el más halagüeño", oigo a mis espaldas. El acto público más antiguo
celebrado en la plaza es la recepción dada a Alfonso VII, en 1139, por el
arzobispo Raimundo, rodeado de clérigos y monjes, tras reconquistar a los
almorávides el castillo de Oreja, la antigua Aurelia. Aunque el más
frecuente es el mercado, donde se dan cita artesanos y comerciantes, villanos y judíos,
mesones, tabernas y bodegones, albarderos y vinateros, vidrieros y carpinteros. De hecho,
aquí hubo hasta quince mesones distintos en el 1176, mientras que señores e hidalgos
acudían a vivir a la plaza, prestos a disfrutar de corridas de toros y juegos de cañas.
También se representaron autos
sacramentales, a fines del siglo XVI. Y dado el ejemplo que debía producir, tuvieron
lugar aquí, durante años, la ejecución de criminales comunes y de relajados autos de
fe, para los que se levantaban dos cadahalsos: uno, para señores y autoridades y,
otro, para reos y penitentes. La última ejecución pública se realizó el 25 de
noviembre de 1822, dando garrote vil al capellán de coro Atanasio García Juzgado,
tras formar en una partida absolutista contra el gobierno liberal.
¿Es miedo lo que presiento en la voz de mi
amigo? Le miro, sintiendo el mismo estremecimiento que sacude su sombra, y contemplo
cómo, sin despedirse, huye del lugar. Le entiendo y, tras perderle en la oscuridad,
reinicio el paso. Golpeo las piedras de Toledo con mis pies. Es madrugada y no veo
a nadie alrededor. Sólo me acompañan los fantasmas de la Imperial y me encuentro
a gusto. Una sonrisa aparece en mis labios, porque, en la siguiente calle, descubro otra
sombra plagada de leyendas y agradezco el poder de mi invocación.
Ahora, sólo debo escuchar...
---------------
(*) La documentación del presente artículo
está recogida en el libro Historia de las Calles de Toledo, escrito por Julio
Porres Martín-Cleto. Tres volúmenes. Editorial Zocodover. 3ª Edición. 1988. Toledo.
|