Así es Monsaraz, la de las siete iglesias. Portugal
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Monsaraz
La de las siete iglesias

Las encaladas paredes de las calles del pueblo contrastan con el agreste relieve de la fortaleza exterior.


C
ompletamente contenido por sus murallas, Monsaraz se asoma a la llanura fronteriza del Alentejo regada por el Guadiana. Desde tan privilegiada posición, el paisaje adquiere ciertas cualidades que pueden llegar a ser consideradas mágicas. Quizás, allí, sobre las pulcras tierras de labranza salpicadas de alcornoques y olivos donde no se aprecia movimiento alguno, también se detenga el tiempo.

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L
as piedras que conforman fortaleza, murallas e iglesias emanan cierto aire de misterio, emparentadas, sin duda, con las que, erguidas, encarnaron viejos ritos prehistóricos. Mas, los dólmenes que pueblan estos parajes tienen su propia personalidad y la familiaridad que muestran con respecto a Monsaraz no impide que la ciudad, en sí, haya creado la suya propia. Identidad que no puede desligarse, sin embargo, de las llanuras alentejanas, de la líquida línea fronteriza en la que se convierte el río Guadiana hacia el oriente y de una historia que levantó el viejo castillo y hasta siete iglesias, quizás demasiadas para el volumen de este pueblo.

Sea por unas cosas o por otras, la villa no puede ocultar su formación medieval, favorecida por su particular situación geográfica y por el buen mantenimiento de las silvestres orillas del Guadiana. Las caracteristicas ancestrales de ciudad fortificada, albergan un caserio de profundo caracter portugués o alentejano. Pero, también un conjunto arquitectónico extraño, pues en estrecho crisol se funden construcciones populares, manuelinas y barrocas.

La siempre arriesgada tarea de lazar unos cuantos cohetes al aire, para llenar de sonido la fiesta, no impide que la brisa se llene del ruido de la pólvora  el rastro del humo blanco que impulsa los proyectiles. El mejor recorrido por Monsaraz debe iniciarse entrando por la llamada Porta da Vila, que da acceso a unas empinadas escaleras de piedra, en cuyo punto culminante ofrecen una preciosa panorámica de todo el pueblo. La da Vila es puerta principal y los escalones conforman parte de la calle principal del lugar, quizás la única que, a pesar de su pendiente, puede ser considerada como tal.

Detrás o, mejor, alrededor, quedan las murallas y el castillo. En éste, dominado por la Torre de Menagem (torre del homenaje), de planta pentagonal, y construido en el siglo XIII por los monarcas Afonso III y Dinis, además de la ya mencionada, se abren las puertas de Evora, da Alcoba e da Cisterna. El perímetro medieval está protegido, a su vez, por los baluartes levantados durante la época de la Guerra de Restauración de 1640, conformando un extenso conjunto militar que concede a Monsaraz una silueta severa e imponente.

La Torre de Menagem, sita al final del pueblo, formaba parte de una cadena de fortalezas que se extendía hasta alcanzar las poblaciones de Mourâo, Moura y Serpa, por el sur, y Alandroal, Elvas y Campo Maior, por el norte. De hecho, desde las murallas de Monsaraz no es difícil contemplar, a lo lejos, el bien conservado castillo de Mourâo, ya al otro lado del Guadiana, que guarda la iglesia de Nossa Senhora das Candeias y enormes chimeneas redondas de clara influencia árabe.

Tres alcaldes
La historia de la villa de Monsaraz no puede quedar completa sin acercarse hasta los numerosos monumentos preshistóricos que crecen en sus alrededores. Monsaraz fue liberada del yugo musulmán por Geraldo Sem Pavor en 1167, el mismo que reconquistó Evora. Tras ser repoblada, pasó a ser posesión de la Orden del Temple de Jerusalén y, tras la caída en desgracia de éstos, fue entregada, en 1319, a la Orden de Cristo, cuyo fuerte se utiliza, actualmente, como plaza de toros. Mucho más adelante, en el año 1840, fue integrada en el concejo de Reguengos de Monsaraz, pero, antes, al formar parte de la barrera defensiva Elvas-Juromenha-Olivenza-Mourâo, sufrió diversos asaltos y fue escenario de algunas batallas, como el asalto de los artilleros ingleses mandados por el Conde de Cambridge y la efímera ocupación realizada entre 1381 y 1384 por el rey de Castilla, aliado de Leonor Teles.

Hasta tres alcaldes (el condestable Nuno Alvares; Mem Rodrigues de Vasconcelos, comandante del Ala dos Namorados en Aljubarrota; y el constructor del castillo de Sâo Jorge da Mina, en Africa) llegaron a gobernar una villa que se pobló, paulatinamente, de iglesias. Hasta un total de siete construcciones religiosas, entre iglesias, capillas y ermitas, luce este pueblo. 

En la Plaza Vieja, foro público rodeado de construcciones antiguas y desiguales, pero plenamente significativos del ambiente social y religioso de la comunidad arcaica, se encuentra la Iglesia de Misericordia fundada en 1525 y dotada con un bello retablo de pintura primitiva protuguesa en el cual está representado el Descendimiento de la Cruz. Las tibias luces nocturnas iluminan un de los muchos campanarios que voltean al aire de Monsaraz. No en vano cuenta con siete iglesias y ermitas, testigos de la fe de sus vecinos. También en esta plaza se encuentra la iglesia matriz, bajo la advocación de Nossa Senhora da Lagoa. Fue construida a mediados del siglo XVI por el maestro de pedrería Pero Gomes. Es un buen ejemplo de la evolución estilística manierista popular de la arquitectura alentejana. El edificio se distribuye sobre una planta cuadrangular, con tres naves, y alberga buenos altares de talla dorada de los siglos XVII y XVIII. También conserva un túmulo monumental de Gomes Martins, repoblador de la villa y valido de la reina Beatriz de Castilla, mujer de Afonso III.

Aunque su estado de conservación es muy diverso, merece la pena visitar la Capela de Sâo José o Pelourinho; las ermitas de Sâo Joâo Baptista, considerada mezquita musulmana con frescos de 1622; Santa Catarina, resto venerado de los templarios con cabecera poligonal; Sâo Bento, Sâo Tiago y Sâo Lazaro, albergue de leprosos con portal gótico.

El paseo no debe acabar sin admirar la poco corriente picota dieciochesca que aparece en la plaza, coronada por una esfera del universo; los extintos Paços do Concelho (medievales y renacentistas) y la preciosa decoración mural de la Sala do Tribunal, del siglo XV, única en su género en Portugal.

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